Cada paso que daba, arrastrando un pie tras otro en una sucesión lenta y constante, se asemejaba a la agonía de un herido de guerra mientras cae al suelo herido y se ve morir poco a poco, sin poder hacer nada para evitarlo.
Aunque la arena se adapta y consigue moldear sus huellas a la perfección, el esfuerzo es casi sobrehumano. No son los primeros pasos de un niño, ésos que le llevan a conocer, a descubrir un nuevo mundo a cada instante; son los pasos cansados de una persona que después de mucho tiempo caminando comienza a intuir el final de la senda de la vida. A pesar de que sus huesos frágiles aún le sostienen y le permiten avanzar, el dolor y el cansancio que carga sobre los hombros amenazan con quebrarle sin piedad.
El sol baña el agua de la playa, y el agua baña los pies del anciano. El agua refresca sus pies hechos pedazos y sacia su sed de descanso. Al fondo, en el horizonte, la luz se confunde con la línea infinita del mar.
El anciano no se detiene, sosteniendo un brazo amigo, joven e inexperto que, aunque indeciso, se mantiene fuerte y seguro. Esa mano que le aferra es la garantía de que todo el camino recorrido realmente mereció la pena. El anciano siente el bienestar en su interior. La brisa que viene del mar le hace tambalearse pero no caer, porque ya no tiene fuerzas para eso. Sabe que ese atardecer de verano es testigo fiel de que no se ha rendido todavía y de que no lo hará jamás.
Sonriendo, el anciano encamina sus pasos por última vez hacia esa raya imposible de alcanzar, donde el sol se funde con el mar, donde la luz brilla más y donde al fin encontrará la paz.