Volar, y volar. Atravesar las nubes sin mayor preocupación que la de mantener la altura. El mundo queda debajo, y prosigue con su ritmo frenético e imparable. Mientras tanto, tú vuelas; te dejas llevar y mecer por el viento. El sol se alza un poco más allá, arrancando destellos dorados al atardecer. Luces rojizas comienzan a inundarlo todo, y las estrellas van tomando posesión de la noche, y tú sigues volando, porque sabes de sobra que sólo sintiendo esa sensación de ingravidez y libertad podrás alcanzar ese lugar que jamás podrás llegar a imaginar.

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