- Por la noche mirarás las estrellas. No te puedo mostrar dónde se encuentra la mía, porque mi casa es muy pequeña. Será mejor así. Mi estrella será para ti una de las estrellas. Entonces te agradará mirar todas las estrellas... Todas serán tus amigas.
¿Y si pudiéramos tener a las estrellas por confidentes? ¿Y si pudieran ellas guardar con recelo todos nuestros secretos? Serían entonces especiales. No serían estrellas comunes; pasarían a ser nuestras estrellas. ¿Como domesticarlas? Pues quizá sí, estaríamos domesticando estrellas.
Y al domesticarlas conseguiríamos tener infinitos luceros velando por nuestros secretos, luceros sabios que, sin duda, nos harían sentir un poquito más alegres. Porque contaríamos con millones de amigas, guardianas perpetuas de nuestras ilusiones.
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