Actualmente
vivimos inmersos en una sociedad ahogada en la globalización. Obviamente, esta
particularidad nos proporciona grandes beneficios, entre los que se encuentran
las desigualdades sociales, económicas, laborales, políticas (entre muchas
otras) que miles (millones) de personas sufren, queriendo o sin querer, todos
los días de su vida. Como consecuencia, el dinero se ha erigido como el arma
definitiva con el que hacerse fuerte y desplegar la tiranía. Las grandes
multinacionales, bancos y otras empresas explotan este recurso al máximo, con el
honrado fin de enriquecerse. Huelga decir que por encima de cuántos haya que
pasar para conseguir esa riqueza es irreverente.
Teniendo esto
en cuenta, los ciudadanos del mundo somos víctimas del propio sistema capitalista
que nuestros colegas de raza han instituido. Quizá no hayamos querido que se
convierta en esto; quizá sí. En cualquier caso, da igual porque la realidad que
toca vivir es ésta y hay que tragar con ello. No hay otra. Son las cosas de la
vida: unos mandan y otros, los débiles, obedecen. Así somos diariamente reconducidos
como ovejitas ante la perspectiva de una mano fiera de un pastor inflexivo.
¿Se puede esperar algún tipo de cambio? Me gustaría tener la respuesta a esta interesante pregunta. Por el momento, y visto lo visto, sólo puedo decir que si esto sigue así, pronto no sabremos dónde empieza, o termina, la capacidad del ser humano para humillar a sus iguales.
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