viernes, 25 de marzo de 2011

Gris y azul.

Cinco de la tarde de un día de marzo. Unos tímidos rayos de sol se cuelan por entre las cortinas que cubren la ventana de una lúgubre taberna. Al trasluz, las volutas de humo se retuercen y crean formas caprichosas, acentúando el carácter melancólico de aquel lugar.
Los goznes de la puerta chirrian, y por un segundo se confunden con las mil lamentaciones escondidas que corroen al hombre que entra en la estancia. Su rostro triste y demacrado apenas se deja ver tras la gabardina oscura que le protege, junto al sombrero que lleva calado hasta los ojos. Su aspecto se confunde con el de un fantasma, y sus andares denotan una horrible falta de energía vital. ¿Qué le habrá ocurrido?

Camina con paso lento, dejando tras de sí una estela de desesperación que se extiende por todo el local, sumiéndolo en las sombras. Al alcanzar la ventana, corre las cortinas y hace que la oscuridad comience a invadir la taberna. Extiende un brazo y alcanza una silla próxima a él, dejándose caer con increíble desgana en ella. Cuando no ha hecho más que sentarse, de la barra surge la figura de un segundo hombre; éste de aspecto más alegre y vital. Se acerca a él con calma, y de forma pausada, se sienta enfrente del primero, mientras lo mira fijamente a los ojos.

Éste, como si hubiera recibido una descarga eléctrica a través de esa mirada, cambia repentinamente de postura y, mirando hacia la ventana con aire derrotado, empieza a hablar, al principio en un susurro; después, exaltándose, con la voz teñida de emoción:

- No le gustaban las fresas; ni el chocolate; ni las discotecas ni los coches. Amaba la paz; la naturaleza; las montañas; la playa... Los días de sol solíamos salir a pasear por las tardes, y después nos bañábamos en el río. Jugábamos a las cartas, escuchábamos música y nos prometíamos mil tardes más como aquellas. Durante el verano íbamos a la playa, y comíamos helados deliciosos, aún más si cabe al poder compartirlos juntos - insipró profundamente y prosiguió -. Si alguna vez le hacía rabiar, se enfurruñaba y se cruzaba de brazos. ¡Solía tardar horrores en conseguir que volviera a sonreír! Me encantaba su entusiasmo, su paciencia y su alegría. Jamás olvidaré ninguna de sus sonrisas; ni sus gestos; ni su forma de mirarme... Conseguía hacerme temblar con cada una de sus caricias...

En la vida he conocido a alguien tan especial. No sólo por la felicidad que me hacía sentir cada vez que estaba a su lado, sino también por su infinita comprensión y por todas y cada una de las ocasiones en las que me demostró que valía la pena vivir si existía una razón por la que luchar a cada segundo. ¿Sabes qué? Creí conocerla a la perfección. Cuando tenía frío se mordía el labio y me miraba con los ojos caídos; cuando estaba triste su cara reflejaba todas sus angustias; cuando quería que la abrazase me miraba con intensidad; cuando quería darme un beso inclinaba la cabeza, y entonces yo me acercaba...

Era una persona que amaba la vida, por encima de todo. Mi felicidad estaba por encima de la suya propia, y no dudaba en demostrármelo siempre que podía. Cada vez que le susurraba al oído que la quería, dos lágrimas nerviosas resbalaban por sus mejillas, e iban a parar a su regazo, donde al final se encontraban nuestras manos entrelazadas...

Si quería sorprenderla, no tenía más que invitarla a cenar; a ver una película juntos, tras la cual siempre acababa llorando; llevarla a cualquier lugar tranquilo para disfrutar de una calma que nunca llegamos a imaginar que se podría esfumar...

Era una chica excepcional. Si la hubieras llegado a conocer, habrías descubierto que si alguien iba a conseguir hacerme suyo para siempre sería ella, y nadie más que ella. Quizá por eso, ahora que no está aquí conmigo, yo tampoco deba seguir luchando por mantener vivo un recuerdo que no es más que los añicos de un cristal que un día se cayó al suelo. Todos los sueños que creíamos que seríamos capaces de hacer realidad el uno junto al otro se fueron prestos y veloces, arrastrados por el viento cálido del Sur de un día de verano.

Ahora no queda nada. Ni ella; ni yo. Me conformo con saber que el tiempo que dejé transcurrir a su lado consiguió dar sentido a mi vida, permitiéndome aprender a elegir el camino que debía tomar a cada instante. Gracias a eso sé que ahora mi lugar no está aquí. Mi lugar está mucho más allá de la vida; en un sitio semejante al de los más irreales sueños; ésos en los que nunca sabes el final, pero de los que siempre quieres no despertar.

Silencio. El hombre toma una, dos, tres bocanadas profundas de ese aire viciado, cargado de recuerdos, que llena sus pulmones y ayuda a matar aún más su ya perdida esperanza. Un leve movimiento de cabeza sirve para que el hombre que lo acompaña, sumido en las sombras, se levante de su silla y se aleje hacia la barra, no sin antes dirigirle una última mirada de comprensión y cariño; de esas que marcan a un ser humano en lo más profundo de su alma. Nuestro hombre se levanta con lentitud, descorre las cortinas y logra quedar cegado de nuevo por el sol del atardecer. Cuántos son los recuerdos que le arrojan con violencia esos rayos hacia su corazón herido... Camina de vuelta hacia la puerta, y antes de abandonar por última vez la oscura taberna, dirige una mirada hacia su compañero, compañero de alegrías y de tristezas; compañero del alma; amigo.

La puerta se cierra tras el hombre de la gabardina y el sombrero. Una vez al descubierto de nuevo, viéndose obligado a enfrentarse a un mundo cruel y traicionero, levanta la mirada al cielo, en busca de la más leve señal que le indique la llegada de vientos de cambio.A la derecha, una calle empedrada, rodeada por árboles y jardines. A la izquierda, un camino de piedras que dobla poco más allá. Y en frente, un enorme sol amarillo refulge en su sitio del oeste.

El hombre enfila decidido el camino a su izquierda. Tras girar a los pocos metros, desciende algunos más y va a dar a un mirador cercano a la playa. Ante él se extiende el mar. La brisa acaricia su rostro envejecido y demacrado. Una de sus manos agarra la barandilla que lo separa de una caída hacia el azul, mientras la otra se interna en el bolsillo izquierdo de su gabardina. Inesperadamente, halla allí un fragmento de papel arrugado, que consigue acelerar por un instante el apagado latido de su corazón. Tras desdoblarlo con delicadeza, descubre en él los trazos sesgados e indecisos de una caligrafía cuidada; una caligrafía que está grabada para siempre en su memoria. Ni una sola palabra sería capaz de pasar inadvertida ante sus ojos expertos y avezados. Y esos trazos dibujan, con sencillez, seis sígnos que hacen temblar los cimientos de la vida que, por momentos, parece abandonar a nuestro hombre. Nos vemos allí, en el mar.

Una lágrima se escapa presurosa de sus ojos, terriblemente cansados. Y esa lágrima arrastrada por el viento está atada al hombre solitario; al hombre triste, taciturno y melancólico, que ya no puede más. Con un esfuerzo sobrehumano se pone de pie sobre la balaustrada. Se quita el sombrero que le cubría casi por completo el rostro y lo lanza al aire, que lo lleva consigo hacia el más allá. Acto seguido, se quita la gabardina, la arroja al suelo y, cerrando los ojos, se deja mecer y arrastrar por esa última lágrima perdida, que junto con el viento, le llevará hacia el azul del mar, donde, por fin, descansará en paz.

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